El País

La todavía reciente conmemoración del centenario de las Bases de Manresa y las incursiones históricas, teóricas y políticas que ha desencadenado la propuesta de Felipe González a Jordi Pujol para participar en el gobierno español han puesto en evidencia la precariedad ideológica del catalanismo político contemporáneo. Precariedad que es casi carencia de ideas o cuando menos sequía absoluta de ideas innovadoras.

Todas las evocaciones históricas se han ceñido a los antecedentes de Prat de la Riba y Cambó y el desconcierto sembrado por la casi total  cerrazón de Jordi Pujol por un lado y los coqueteos indisimulados de Miquel Roca por otro no han dado pie, que yo recuerde, a aportaciones y análisis demasiado certeros.

La absoluta concentración en los antecedentes más conocidos del catalanismo conservador y burgués ha empobrecido el debate y ha negado carta de naturaleza a otras aportaciones que en el pasado y en la actualidad, sin maniqueísmos de derechas o izquierdas, se mueven, cuando menos por derroteros más creativos, plurales y progresistas. Es cierto que la opción de CiU en política española es desconcertante, pero no es menos cierto que traduce con una envidiable precisión las contradicciones del nacionalismo conservador. En el pasado, por lo menos, la existencia de una sólida base social  amparada en la burguesía industrial daba a las incursiones conservadoras catalanas hacia España un tono de consistencia en torno a unos intereses identificables y reconocibles. Hoy en cambio esa base social si no ha desaparecido se ha dispersado y ha perdido identidad productiva, industrial. Algunos apuntes de las memorias de Manuel Ortínez, Una vida entre burgesos, no tienen en este sentido desperdicio y apuntan a algunos de los problemas de la burguesía catalana actual de un modo tan certero que habrá sido, sin duda, mal recibido.

Y esa misma realidad se filtra a la esfera política. Unos podían fácilmente desertar, desde su internacionalización, de su catalanismo y otros han perdido peso en el conjunto. De ahí que las vacilaciones de CiU traduzcan unas ideas bruscas en las formas, deliciosamente políglotas, exquisitamente cosmopolitas en su proyeccción europea liberal, aliñadas con algunas recetas aceptables de política económica pero con ribetes montaraces, casi carlistas, en muchas realidades hacia adentro.

Ese catalanismo de tentaciones fundamentalistas no resuelve con sus contenidos propuestas y actitudes, a menudo muy intransigentes, los problemas de la sociedad catalana actual.

Lo cierto es que no hay recetas mágicas. Pero seria bueno que entre todos avanzáramos propuestas de un catalanismo progresista, plural, auténticamente interclasista, abierto, creativo, imaginativo, federal, europeo.

Los historiadores siempre han tenido que ir a buscar un catalanismo de este talante en las catacumbas y los exilios ideológicos de las izquierdas, pero no han conseguido darle carta de naturaleza y compensar el predominio, la hegemonía de las propuestas conservadoras. En realidad esta es la enorme tarea que tenemos pendiente los políticos. Aunque primero nos tendremos que ejercitar en desenterrar bazas proscritas pero reales y muy sólidas que en estos días nadie nos recuerda.