Intervenció en el marc de les Jornades organitzades pel Patronato de la Alhambra y el Generalife amb el títol “Cultura y Economía: el patrimonio como recurso en los procesos de desarrollo”, al Palau de Carlos V de l’Alhambra

1. Sentido y papel de la planificación

En la mayor parte de ciudades europeas domina el peso de la historia. Su personalidad y configuración urbana acumulan aportaciones seculares, cuando no milenarias, que sitúan la mayor parte de los centros históricos como el alma de dichas poblaciones. Durante siglos, la propia evolución demográfica y social y la misma evolución de la historia marcaron de forma indeleble unos conjuntos urbanos en los que destaca como factor fundamental de perennidad la expresión física, material del poder y de la especialización de la sociedad. Iglesias y mezquitas, sinagogas, jardines, palacios, castillos, conventos y burgos se conforman como la argamasa fundamental de unos tejidos urbanos que responden a pautas comunes e idiosincrasias específicas. La propiedad de la tierra, la distribución del agua, las especificidades religiosas, la jerarquización social configuran un marco en el que se desenvuelven las sociedades que dieron vida, en circunstancias diversas y cambiantes, a las ciudades que conocemos.

El cambio social y el crecimiento vertiginoso que hemos vivido en el siglo XX ha desbordado en todas partes el marco ceñido y restringido de la vida urbana. Después de discurrir de formas diversas durante siglos en el  interior de los recintos amurallados o de los núcleos definidos en torno a la raíz fundacional de cada ciudad, nuestras ciudades hoy consumen suelo, proyectan su desarrollo urbano y materializan su crecimiento con una formalización que a menudo desprecia u olvida las preexistencias históricas. El divorcio frecuente entre los modernos crecimientos y las ciudades históricas plantea disfunciones enormes con la paradoja de mantener los centros administrativos en una estructura urbana secular y los nuevos asentamientos de población en nuevos crecimientos sin personalidad y sin estructuras específicas de centralidad. La escasa preparación de los centros históricos para las nuevas modalidades de la vida urbana plantea además el abandono social de los sectores más acomodados, que persiguen unos estándares de vida urbana alejados, en sus inicios, de los atractivos decadentes de la ciudad histórica.

De modo que la raíz del problema que hay que abordar es precisamente el riesgo de desertización y abandono de la ciudad histórica o el peligro de degradación y de marginalidad que entraña una situación propiciada por el mercado, en qué las viviendas no acondicionadas de los núcleos antiguos pierden valor y son adquiridas o alquiladas por sectores  de nueva población.

Conviene, sin embargo, recordar que en mayor o menor grado la mayor parte de las ciudades europeas y más recientemente y con un gran dinamismo las ciudades españolas han abordado ya planes y actuaciones que han superado en parte alguno de estos problemas apuntados.

Precisamente si de un balance se tratara, la cronología de la regeneración vendría marcada por el período de vigencia y por el calendario de los instrumentos de planificación que los municipios han puesto en marcha especialmente desde las elecciones municipales de 1979.

El viejo debate tan apreciado en Italia y otros países de Europa sobre la vigencia y la necesidad del Plan, aunque se haya referido habitualmente más a los Planes Generales que a los planes Especiales de Mejora Urbana, no es ajeno a esta nueva realidad. La escala local y la complementariedad entre Plan y Proyecto han permitido establecer pautas de actuación que han servido el objetivo fundamental de la renovación urbana. En este sentido podríamos casi fijar una cronología de los Planes y ponderar a tenor de la vigencia de los mismos los resultados alcanzados.

Efectivamente, sólo la perspectiva histórica, el balance de más de dos décadas, permite acreditar que la vigencia de los instrumentos de planificación y su capacidad operativa han sido esenciales para dar pie a cambios trascendentes de muchas realidades lastradas por el peso de la historia y hoy beneficiadas por los valores intrínsecos de la misma y al mismo tiempo adaptadas a las necesidades y requerimientos de los tiempos modernos. El Plan es la pauta y la ley. No son planes indicativos, sino Planes que fijan con claridad criterios de intervención, posibilidades de expropiación, determinación de la creación de nuevos espacios públicos, condiciones de densidad y de edificabilidad, grados de intervención y rehabilitación, materiales admitidos y reconocidos. Todo se convierte en una pauta clara que de su estricta aplicación desprende una lectura inteligente y sensible del pasado y la adapta a las necesidades actuales. No se trata de un dirigismo inocuo, de un despotismo ilustrado, de un determinismo histórico. Se trata mejor de establecer el catálogo de posibilidades de un centro histórico en el marco de los valores a preservar en lo que respecta al tejido urbano, los valores monumentales y patrimoniales y la nueva funcionalidad y especialización.

Una última cuestión de carácter general. Los centros históricos son a menudo incompatibles con el automóvil, pero en cambio se acreditan como muy adecuados a la escala humana individual y colectiva. Las posibilidades para la vida comunitaria moderna de los centros históricos son enormes si precisamente no se pervierte su carácter y no se violenta su dimensión. Las peores experiencias del urbanismo moderno han sido las incrustaciones impropias, de dimensión y escala, en los tejidos históricos, de grandes intervenciones al amparo de una falsa modernidad que sólo ha pervertido la esencia misma de estos núcleos. No se trata de apelar al inmovilismo. Todo lo contrario. Desde el respeto más absoluto a las coordenadas esenciales, tejido urbano y valores culturales, la más rabiosa modernidad es imprescindible y exigible hasta el punto que sólo podemos reclamar la plena revitalización de los centros históricos si las actividades y, especialmente, las viviendas acogen todas hasta las más recientes comodidades de la vida contemporánea incluidas las más modernas tecnologías de la información.

Me refiero únicamente al carácter impropio de algunas operaciones de derribo y esponjamiento  que al amparo de la dimensión del espacio conseguido han programado edificios y servicios totalmente contrarios al espíritu, al alma misma, de la ciudad histórica por su dimensión, escala o funcionalidad. En alguna ciudad francesa, por ejemplo, la convivencia de algún gran centro comercial construido ex­-novo en la más absoluta vecindad de los tejidos históricos de calles comerciales estrictamente peatonalizadas ha dado lugar a efectos deshumanizadores que sirven a la dimensión del mercado, pero se contraponen a la calidad del servicio.

En resumen quiero expresar mi convencimiento de la importancia y la oportunidad de disponer de instrumentos de planeamiento que definan criterio y parámetros de intervención. Que fijen las reglas del juego y los límites del provecho para de este modo facilitar las políticas adecuadas a los objetivos que se definen y que no son otros que los de la regeneración social y urbana y la garantía de la plena igualdad de oportunidades para los vecinos de las ciudades históricas y los vecinos de los grandes desarrollos modernos a los que hay que proporcionar la esencia de la más absoluta humanidad de los centros históricos, sin caer en una mimetización estúpida que es además absolutamente imposible. Pero la lección de la intervención en las ciudades históricas es para las ciudades modernas la que nace del aprendizaje de la convivencia entre los valores culturales del entorno histórico más inmediato y los valores naturales y paisajísticos de la más inmediata periferia urbana si no ha sido todavía pervertida por la propia proximidad de la ciudad vecina.

 2. Sobre el concepto y la importancia de la rehabilitación

Esta relación dialéctica, creativa, entre la ciudad histórica y la ciudad moderna es imprescindible para comprender la dimensión real de los problemas urbanos directamente relacionados con los problemas del crecimiento y del progreso económico. La demografía y la sociedad han impulsado modelos urbanos en los que el consumo de suelo de los últimos cien años ha sido superior al de los siglos y milenios anteriores, y en muchos casos a la historia total de ciudades enteras. Esta nueva realidad ha originado problemas nuevos que se relacionan con la sosteniblidad y la revisión de determinados modelos utópicos de ciudades jardín amparadas en modelos vitales de aparente comodidad y de difícil equiparación a las pautas de igualdad. Los más recientes fenómenos de urbanización replantean ya los paradigmas de hace unas décadas, cuando la huida de la ciudad vertical estimulaba el crecimiento en horizontal de todas las ciudades con los consiguientes problemas de servicios urbanos y de proximidad de los servicios. El envejecimiento de la población y la ampliación constante de la expectativa de vida han completado los datos de la ecuación.

Hoy ya nadie cree en un crecimiento indiscriminado y basado en el consumo de suelo y la generación sistemática de nuevas plusvalías. Muchas ciudades además, limitadas por el perímetro de su término municipal agotado ya en muchos casos, se han visto obligadas a abordar nuevos criterios de intervención y de acción urbana. En este contexto, la rehabilitación urbana de las viviendas y de los tejidos urbanos se ha convertido en un imperativo categórico.

Podrá aducirse que la rehabilitación lleva aparejado un mayor coste y es cierto tanto como que conlleva también un mayor valor añadido intrínseco y social. Es en el terreno del valor social donde querría poner todo el énfasis para destacar que el principio de la rehabilitación lleva aparejado un concepto sensible de recuperación de la memoria histórica y al mismo tiempo un concepto material de ahorro del consumo de suelo.

La antigüedad de los tejidos urbanos y de las edificaciones no debería obstar al mantenimiento de la calidad del paisaje urbano desechando los criterios decadentistas y subrayando la importancia de la rehabilitación del espacio público y de los edificios adaptados siempre a los requerimientos de la sociedad contemporánea. No se trata de un lustre artificioso que liquide la pátina secular, sino de una actuación e intervención inteligente que en ningún caso niegue la historia y al mismo tiempo la revindique y la supere en lo que concierne a las limitaciones de un tiempo unas modas y unos modos de vida que se han ya felizmente superado y que desmienten de forma rotunda el falso paradigma que cualquier tiempo pasado fue mejor. Invertir para rehabilitar es invertir en cultura e invertir en la creación de riqueza.

3. La importancia del sector público

 La experiencia demuestra que el papel de las administraciones es determinante. Lo es y ya lo hemos acreditado en el proceso de planificación y de determinación de las reglas del juego. Pero es aún mas importante como impulsor de nuevas dinámicas que rompan con viejas inercias y con el aletargamiento de los intereses privados cómodamente instalados en situaciones rentistas o de aprovechamiento sin esfuerzo de unos patrimonios inmobiliarios seculares inmovilizados y apenas actualizados.

La administración puede y debe actuar como motor y como revulsivo en el impulso de nuevas dinámicas urbanas que en sus inicios pueden aparecer como imperceptibles y que en los resultados finales se hacen del todo evidentes.

Sólo una inversión pública potente encaminada a la mejora del espacio público y a la movilización de patrimonios con actuaciones modélicas consigue finalmente la implicación de los capitales privados, hasta la superación del voluntarismo público y el alcance de dinamismos propios del mercado que se adueñan finalmente de las iniciativas y las acogen como propias.

La administración se erige así a un tiempo en gestora del espacio público cuya regeneración actúa como estímulo y cebo, y en agente inmobiliario que introduce nuevas pautas de mercado y las interviene para evitar de este modo la expulsión sistemática de las poblaciones originarias y el riesgo de su sustitución  por nuevas elites sin arraigo social y únicamente movidas por el señuelo de la moda.

 4. Los servicios y el espacio público

En este sentido la regeneración de las redes urbanas de servicios y la intervención anticipada en el espacio público se convierten en una condición necesaria, aunque no suficiente de los procesos de rehabilitación urbana. Por una cuestión elemental de intervención jerarquizada la regeneración del subsuelo, de los servicios y canalizaciones, y la garantía de los suministros sin interferencia en el espacio urbano se convierten en el paso previo que esperan los vecinos y anhelan los agentes para asegurar que cualquier proceso encontrará la justa réplica de unos servicios adecuados y dimensionados a las necesidades reales de la nueva intervención. Los servicios de agua y alcantarillado y los servicios y canalizaciones de electricidad, telefonía y fibra óptica, se convierten en una necesidad imperiosa que no se puede eludir. La eliminación de humedades y filtraciones, la garantía de máxima salubridad, la eliminación de las plagas tradicionales de roedores son, aunque pueda parecer impertinente, junto a la determinación de las máximas facilidades en condiciones de igualdad, la condición básica del equilibrio social y la evitación de la marginalidad y el deterioro del espacio público y el enrarecimiento del clima ciudadano. Como si de crecimientos urbanos se tratara, la urbanización previa del espacio público actúa de factor de cambio y atribuye a los edificios susceptibles de rehabilitación la condición de solar vertical en el que la intervención privada se hace más apetecible y necesaria.

La determinación certera de los derribos que se pueden realizar, de los nuevos espacios públicos que se pueden crear y las diversas operaciones de esponjamiento, sitúan a la administración en el liderazgo de la intervención urbana. Aunque el propio proceso rehabilitador comporte en parte el deterioro físico de los espacios urbanos rehabilitados, éstos son la condición que ampara y sustenta su propia capacidad de acoger rehabilitaciones de edificios y su rehabilitación continua si las circunstancias lo requieren.

5. Del sector público a la iniciativa privada

De todo cuanto antecede ya se puede deducir que la sola voluntad de la administración no puede conseguir un efecto de regeneración global, que es el objetivo que se debe plantear la propia administración en un horizonte de un par de décadas. Hace falta la implicación directa de la iniciativa institucional privada y de la iniciativa privada, tanto en el mundo de los edificios de viviendas como en el impulso de nuevas actividades terciarias que se hacen imprescindibles para dar cobertura y nueva centralidad a los espacios que se hayan regenerado y a las viviendas objeto de rehabilitación. Un sólido entramado de servicios institucionales (corporaciones públicas, universidades, servicios de la administración, fundaciones culturales…), de actividades comerciales diversificadas y de cobertura horaria amplia, los servicios específicos para los residentes, los atractivos necesarios para los no residentes, su compatibilización y las nuevas promociones inmobiliarias de edificios en rehabilitación para la venta o el alquiler son las piezas de un conjunto que debe alimentar un proceso que nace del impulso de la administración y culmina por su propia capacidad de impulso. La suma de inversiones del sector público y del sector privado es la que puede garantizar unas nuevas dinámicas de efectos especiales para tramas urbanas envejecidas y paralizadas durante décadas. Hoy hay ya ejemplos suficientes y casos paradigmáticos que ejemplifican el encadenamiento de una secuencia eficaz, que culmina con la plena implicación del sector privado.

6. Balance de situación

 La definición de modelos, la propuesta de planes, la creación de estímulos se entrelazan eficazmente en las políticas municipales para dinamizar los centros históricos. Las ciudades se esfuerzan por dinamizar y revalorizar su patrimonio cultural, por situarlo en los circuitos de atracción de visitantes, por organizar encuentros y festivales de todo tipo, por atraer inversiones para nuevos establecimientos hoteleros, por definir calidades específicas de actuaciones en el espacio urbano con voluntad de dotarlas de un carácter emblemático, por la creación de nuevos centros sociales o culturales, nuevos equipamientos para actividades musicales o congresos. La capacidad de innovación de las ciudades y de la sociedad se mueven al compás del éxito y el ritmo de los procesos de regeneración urbana. Con ventajas y riesgos. El riesgo de morir de éxito, de caer en tentaciones pedantes, de ver como todo el proceso se engulle por la propia dinámica de los hechos derivando hacia la falsificación de los valores intrínsecos, la popularización de pseudoparques temáticos, y la proliferación de pautas de consumo que conllevan la pérdida del respeto y el valor de la sostenibilidad.

El valor del éxito sólo se puede medir por el sentido y la intensidad de la continuidad, y ésta se garantiza sobretodo con criterios que requieren una atención permanente una sensibilidad especial una dedicación constante. Los centros históricos como las ciudades son organismos vivos y sólo la atención constante es garantía de salud y progreso.

Ha llegado el momento de definir nuevas pautas y abordar nuevas cuestiones en un momento en que unos se hallan todavía en los balbuceos iniciales, otros ya huelen las mieles del éxito y algunos pocos se enfrentan a los riesgos de la saturación y la hiperespecialización. El guión de nuevos temas en la agenda para la intervención en  los centros históricos en el siglo XXI establece un puente evidente entre pasado, presente y futuro. Nos brinda la oportunidad de aprovechar las experiencias ya conocidas y adaptarlas a los casos nuevos que se puedan plantear. El debate de futuro nos llevará a aspectos más culturales y de contenido que a las cuestiones materiales que han marcado la agenda hasta ahora.

(Text publicat a Discursos i conferències 2003-2006 (Vol.2). Barcelona, Generalitat de Catalunya, 2006)