El País

Ha corrido mucha tinta y se ha levantado mucha polvareda desde que hace unos meses se descubrieron las estructuras urbanas de una parte del barrio de Ribera cobijadas y protegidas por el antiguo mercado del Born.

Los primeros argumentos esgrimidos contra la conservación de los restos arqueológicos se centraron en desacreditar la entidad misma de los hallazgos. Se llegó a afirmar que no tenía ningún valor y que por cuatro pedruscos sin importancia no valía la pena replantearse nada. Otros avanzaron argumentos menos primarios; incluso más retorcidos. Desde posiciones críticas con el nacionalismo se expresaba el temor de la potenciación de un santuario del nacionalismo; una cripta o casi unas catacumbas del tradicional victimismo catalán.

Felizmente este tipo de argumentos han sido ya abandonados y nadie los esgrime. Sus defensores se habrán dado cuenta del doble error de planteamiento: la importancia del hallazgo es indiscutible y el riesgo de manipulación e instrumentalización política es mínimo.

El yacimiento tiene un valor objetivo inmenso precisamente por su contenido cuantitativo y cualitativo anterior a 1714. La fecha del 11 de septiembre de 1714 en su contenido bélico y político es una fecha marcada por la derrota y la muerte. El resultado final de la guerra y las necesidades estratégicas y militares de la monarquía borbónica segaron de golpe, cortaron de cuajo, un espacio urbano lleno de vida. El derribo parcial del barrio de Ribera fue un episodio muy relevante del inicio de la represión y la nueva situación política. Pero para el sentido del hallazgo y del yacimiento arqueológico correspondiente es sólo un episodio final, el detonante, la causa que paradójicamente ha hecho posible su hallazgo y posterior conservación testimonial.

Pero su relevancia no se sitúa en el terreno de la derrota y la muerte sino precisamente en el retazo de vida que con él podemos reconstruir. La estructura urbana, las casas con sus hornos, las calles, el sistema de pavimentación, el alcantarillado, el papel del rec comtal como nervio básico de la actividad económica y urbana de la Barcelona medieval y de los siglos XVI y XVII, la vida y los nombres de los ocupantes de las estancias descubiertas, todo desfila con profusión de datos que se desprenden con gran precisión de los catastros y padrones municipales. Del rec comtal a las primeras dunas y la arena de la playa de Barcelona desfila ante nuestros ojos con naturalidad grandiosa un auténtico friso de la vida y las costumbres de la Barcelona bajomedieval. No hace falta pues mirar hacia 1714 más que como detonante y causa. Pero el efecto admite una lección bien distinta. Podemos echar la vista atrás y reconstruir los hilos de la convivencia y de la vida urbana. Basta con atender el detalle de la planta de las excavaciones para percibir con justeza la envergadura de la pervivencia. Los museólogos se encargarán de dotar de contenido y dinamismo la auténtica dimensión del hallazgo y sabrán engarzar adecuadamente el valor intrínseco de los restos, la dimensión histórica de la causa de su destrucción, las circunstancias de su conservación pompeyana y el valor de la estructura que les da cobijo y aseguró su protección. Cualquier instalación no podrá obviar el destino y la vida del mercado durante larguísimas décadas decisivas de la vida de Barcelona. Con todos estos ingredientes se pueden hacer maravillas.

Hoy ya nadie duda que los restos arqueológicos cuyo sentido histórico hemos intentado esbozar deben conservarse en su total integridad.

¿Cómo puede plantearse pues el debate en la actualidad?

Todo conduce a dilucidar si debe compatibilizarse o no el hallazgo con la Biblioteca Provincial que se había empezado a construir y cuyos cimientos pusieron al descubierto los restos. Con casi trescientos años de distancia un santuario de la cultura ha puesto al descubierto lo que la guerra había asolado.

Una imagen puede servir para aclarar el conflicto. La compatibilidad de los restos arqueológicos, la biblioteca y la estructura metálica del Born, parece como un bocadillo: un yacimiento, un monumento y una biblioteca emparedados, bajo presión.

El yacimiento y el monumento se realzan y se refuerzan. Los tres ingredientes se neutralizan entre sí, se incomodan y anulan los valores de los tres.

Es un error incrustar, con calzador, la biblioteca entre dos soportes rígidos de gran valor.

Así las cosas quedan dos problemas por resolver. El primero es la instalación y la actividad que se organice para dar vida y para que tome cuerpo este mutuo reforzamiento entre el yacimiento y el monumento ochocentista. Pero hoy hay en Barcelona y en el mundo técnicos y expertos muy acreditados que pueden resolver con éxito la cuestión.

Sólo queda la biblioteca, su ubicación, su proyecto, y el ritmo de su construcción. Comprendo la preocupación de las instituciones: es una preocupación moral e intelectual en lo que concierne a los arquitectos autores del proyecto del Born. Es indudable que merecen una segunda oportunidad pero ésta no debe llegarles por el empecinamiento en salvar la compatibilidad a cualquier precio. Otra cuestión es el emplazamiento y el ritmo de la ejecución.

No me cabe la menor duda que la biblioteca debe seguir ubicándose en el barrio de Ribera. Los vecinos no merecen y no deben aceptar la pérdida de un equipamiento que venía a compensarles de otros desequilibrios o sinsabores. Pero en los edificios de la estación de Francia, en la estación de cercanías y en las dependencias que ocupa la Universidad Pompeu Fabra, hay metros suficientes para asegurar que la Biblioteca Provincial no se mueva mucho de su anterior localización, como metros hay en algún otro equipamiento municipal cercano.

A pesar de la claridad de todo cuanto venimos planteando comprendo que el Ayuntamiento y la Generalitat tengan serias dudas sobre esta solución. Abordar un nuevo emplazamiento, con un nuevo proyecto, cuando quien tramita y adjudica es la administración central, parece un riesgo muy alto y puede encender todas las señales de alarma. El riesgo es el retraso, la paralización de un proyecto esperado desde hace décadas. Es el razonable temor a volver a empezar cuando ya se atisbaba el final. Pero del mismo modo que en el caso del Liceo se vencieron todas las inercias no hay motivo alguno para que no se haga aquí. La urgencia tiene siempre en la maraña administrativa atajos que se pueden tomar.

No es una decisión fácil pero en la actual encrucijada, de la dirección que tomen las decisiones depende la grandeza del acierto y la posibilidad de conseguir en un solo acto tres objetivos indispensables: Preservar y musealizar las ruinas, proteger y mostrar el Born, garantizar vida al proyecto y asegurar la biblioteca en el propio barrio de Ribera con ambición adecuada a las necesidades de una biblioteca del siglo XXI.

PUBLICAT A: http://www.elpais.com/articulo/cataluna/Born/disquisiciones/propuestas/elpepuespcat/20020717elpcat_6/Tes