Capítol del llibre LOS LIBROS DE MI VIDA. Zaragoza, Ediciones Nuevos Rumbos, 2015 (pág. 116-126)

Soy un lector reposado. Nunca me he dejado llevar por una pasión insaciable; no he sido ni un lector compulsivo, ni un devorador de libros. He procurado buscar el placer en el descubrimiento de un texto, de una obra; adentrarme en los misterios insondables del gusto, del magnetismo, de la atracción irresistible por un libro. He sido selectivo y esto me ha llevado a grandes descubrimientos y a grandes desengaños; he quedado hipnotizado por unos textos y me ha costado horrores entrar en otros. He decidido entre lo bueno y lo malo sin hacer ningún caso de los convencionalismos o de los gustos establecidos. Mucho menos me he dejado llevar por las modas. Mi termómetro personal ha consistido en la capacidad de un texto para abstraerme de la realidad, para capturarme sin pausa y hacerme olvidar el quehacer y las necesidades cotidianas. Algunas veces lo he abandonado todo por un libro que se ha resistido a despegarse de mis manos y de mi vista; libros que me han dejado sin comer, que me han llevado de un rincón a otro de la casa acompañándome en los momentos más íntimos. Ésta es mi idea de los libros de mi vida.

Quiero añadir que mi dedicación profesional y académica a la Historia me ha llevado, muy a menudo, a concentrarme en lecturas científicas y académicas, casi siempre lejos de una escritura fácil y atractiva. Son muy excepcionales los casos de los historiadores que no sólo analizan y razonan bien, sino que además escriben bien; quiero decir que escriben con un lenguaje rico, preciso, fluido, capaz de cautivar más allá de las ideas creando un cauce enorme para las mismas, en lugar de ceñirlas a paisajes angostos y de difícil circulación.

Sin embargo, es verdad que por circunstancias familiares se entremezclan en mi biografía adolescente las primeras lecturas más elementales, propias de la edad, con los primeros libros de historia que encontraba en las estanterías de casa.

No fue difícil pasar diariamente de La Vanguardia y, semanalmente, del TBO, a los Verne, Salgari, Stevenson o, también, Enid Blyton. Aunque por las mismas fechas, y a saber con qué intención, mi abuela materna me obsequió, en el año 1963, cuando tenía 15 años, con los tres volúmenes de la nueva edición de la Història de Catalunya, de Ferran Soldevila, que editó editorial Alpha; quizás porque para ella esta Historia tenía claras resonancias anteriores a la Guerra Civil y se asociaba al mecenazgo de Cambó, o quizás simplemente porque en el desierto editorial de los primeros años sesenta, aquella edición le parecía un atisbo de normalidad en la vida de Catalunya. Habían pasado más de veinte años desde el final de la Guerra Civil y aunque el tema en casa era inexistente, siempre soslayado, mi abuela debió pensar que esta edición entroncaba con la tradición de su militancia en el cristianismo catalanista, que había impregnado su juventud al lado de un hermano, primero seminarista y finalmente sacerdote.

El camino de la historia se abrió paso, de forma imperceptible, a través de textos ensayísticos que, sin duda, presentaban los grandes temas en un formato de ensayo interpretativo muy sugerente. Tal fue el caso de los dos libros de este cariz de Jaume Vicens Vives, su Aproximación a la Historia de España y, unos años más tarde, su Notícia de Catalunya. Éste fue también el efecto de una obra escrita inicialmente en 1947, y que yo leí en su edición sexta de 1965, adquirida el 7 de marzo de 1967; se trata de la Histoire de l’Espagne, de Pierre Vilar, que combinaba una extraordinaria capacidad de síntesis con una fuerza narrativa capaz de ayudar a volar por los caminos de la peripecia española sin el corsé de los habituales libros de historia, de una aridez inexcusable. El manejo de los manuales de la colección “Que sais-je?”, de las muy acreditadas Presses Universitaires de France, era el marco más adecuado para un libro cuyo mérito fue, en su concepción inicial, suscitar un compendio de los grandes ejes de la historia, explicados con la fuerza de un razonamiento que evoca el movimiento sincronizado de los engranajes de una maquinaria de ajuste fino, como reflejo del funcionamiento de las neuronas de su autor. Es el mismo efecto que me ha producido, en fechas mucho más recientes, uno de los libros de Tony Judt, concretamente,  El refugio de la memoria; el libro de carácter más personal y el de un tono más intimista en su ejercicio en búsqueda de las raíces de los recuerdos de una vida. Un pequeño libro de George Steiner, apenas una conferencia, Una idea de Europa, completa este itinerario de permanente iniciación, porque en su concepción elemental sitúa este debate en el terreno de la abstracción tangible; Europa no se intuye ni se percibe por las meras resonancias de un nombre, sino que busca anclajes concretos, es la imagen de las descargas eléctricas de los rayos y la capacidad de los para-rayos de neutralizar sus efectos gracias a una toma de tierra o la idea, aún más atractiva, que asocia la idea de Europa a la geografía de los cafés; un concepto de la vida social casi negado en Londres o en Moscú y, en cambio, muy vigente y arraigado en la mayoría de las capitales europeas.

Otro gesto de origen familiar me conectó, en los años finales de mi carrera universitaria, con la literatura del yo y, más particularmente, con los dietarios y las memorias. Apenas terminada la carrera de Filosofía y Letras (1969) y disponiéndome a viajar a la Gran Bretaña para trabajar en la Universidad de Liverpool, un hermano de mi padre, el profesor Jordi Nadal Oller me alargó un volumen de Ferran Soldevila Al llarg de la meva vida, que incorporaba, entre otros textos dietarísticos, el volumen Hores Angleses, un dietario de su estancia en Liverpool entre 1925 y 1927, que había visto la luz en 1938. El tono casi intrascendente de unos apuntes diarios, basados en la observación de la realidad y construidos con los mimbres de la cotidianeidad más radical y la conexión entre esta realidad y los propios escenarios de la memoria, basados en el recuerdo y en los sentimientos y las emociones, me sedujeron profundamente. Saturado de historia y de mala literatura, este libro me parecía construido con la ligereza de unos materiales muy elementales y básicos, y daba como resultado una literatura fácil, capaz de impregnar la retina y el cerebro con los efectos de una detallada observación de la realidad y el pensamiento.

Empezó asi, a partir de los dietarios de Soldevila, un itinerario paralelo en el que, de forma simultánea, iba construyendo con mis propios materiales mis cuadernos de notas anuales, con anotaciones diarias, de carácter intermitente, y con mis lecturas un universo amplísimo que me iba descubriendo la inmensidad de un mar de evocaciones personales y autobiográficas, casi todas escritas al compás del paso del tiempo y sus variaciones.

Anoto en esta inmensidad, los diarios de Antoni M. Alcover, en sus recorridos lingüísticos por el Pirineo; los de Lluís Domènech i Montaner, en búsqueda del arte perdido en las profundidades de las parroquias del Pirineo; los viajes de estudios de Joaquim Folch i Torres; los dietarios de las sucesivas expediciones a las tierras de Palestina y el Sinaí del padre Bonaventura Ubach, un monje de Montserrat, dedicado a las antigüedades y a los estudios bíblicos; los Fulls de dietari de Carles Soldevila; el conjunto riquísimo, y muy bien editado por Enric Pujol, de los diversos dietarios de Ferran Soldevila, más allá de su peripecia británica , y ya para épocas más recientes, los dietarios de Marià Manent, los de Josep M. Castellet, y las evocaciones memorialísticas de Félix de Azúa, Carlos Barral, Enrique Vila-Matas u Oriol Bohigas. Todos ellos con un equivalente descomunal en la literatura universal, en un recorrido que pasa por Anna Frank, Virginia Wolff, Cesare Pavese, James Joyce con su Retrato del artista adolescente, los Cuadernos de notas de Henry James, o La infancia perdida y otros ensayos  de Graham Greene. André Malraux, Gunter Grass, Lucien Jacques, A. Schopenhauer, o el libro de título revelador, Esto no es un diario, de Zygmunt Bauman, sin  necesidad de retroceder a los diarios de viaje de Montaigne, cuyos Ensayos nos muestran tantas enseñanzas reunidas en el destilado de un pensamiento privilegiado.

Esta literatura conecta con los balbuceos de una formación poética, demasiado precaria y elemental, que encuentra acomodo en la precisión del lenguaje y de la rima de la poesía de Narcís Comadira y, con anterioridad, en los poemas de evocación urbana contenidos en el Llibre de meravelles de Vicent Andrés Estellés, una geografía valenciana del amor. Más recientemente, Antoni Marí ha explorado un género de autobiografía poética que me ha desencadenado el deseo profundo, basado en una sana envidia, de ser capaz de una evocación parecida, en libros como Llibre d’absències o Han vingut uns amics.

El libro más breve, seguramente, de Marguerite Duras, L’homme atlantique, cumple para una visión dramática y tierna del amor, los mismos requisitos del ya citado de Steiner sobre Europa. Me siento identificado con ellos como si a su amparo llegase a pensar que algún día podría ser capaz de escribir un destilado parecido en el alambique de mi cerebro, más oxidado que el de estos autores.

Regresamos así a los gestos más elementales, a alguna insinuación imperativa, a alguna escena familiar en la que confluyen mis predilecciones de edad madura por la literatura del yo y una evocación emocionante de mi propia ciudad, de la mano  del autor de El quadern gris.

Pla fue, en plena adolescencia, junto con Joaquim Ruyra, el descubrimiento de una literatura que se podía construir con los materiales ofrecidos de forma generosa por la realidad circundante.

Vivíamos en casa, bajo el mismo techo, mis abuelos maternos, mis padres y una familia que se iría ampliando, sucesivamente, hasta los doce hermanos; claro que en el momento del nacimiento de la hermana pequeña, Elena, yo ya tenía dieciocho años y había ido a vivir a Barcelona, salvo los fines de semana, para estudiar en la Universidad.

Hacía tiempo que venía observando al abuelo, recostado en la cama, leyendo hasta la madrugada los volúmenes de colores planos a tiras horizontales de la Obra completa de Josep Pla, en la edición de la famosa Selecta, mucho antes que Destino se decidiera a acometer la magna publicación de la inmensa obra completa del escritor de Palafrugell.

El abuelo murió relativamente joven (67 años) y había sido siempre una persona amante de la vida, de la buena mesa, de los placeres de la pesca, de la vida en el campo y de una actitud ante la vida contemplativa y recolectora, un compendio de tratante de madera, propietario rural y buscador de setas, que debió encontrar, en la obra de Josep Pla, el placer de ver convertido en literatura el mundo que le fascinaba, como fascinaba a muchos otros catalanes apegados al territorio y dispuestos a dejarse seducir por las formas concretas de la geografía y la geometría de nuestro paisaje. Las cosas vistas, la comida, las ciudades, los paisajes circulaban por el imaginario de Pla a la misma velocidad que por la imaginación de mi abuelo materno.

No es raro, pues, que un día al anochecer, cerca del fuego del hogar, sentado en su sofá, reclinado apenas unos centímetros alejado del receptor de radio, el abuelo alargara su mano extendida hacia mí y con un ejemplar del  Girona, un llibre de records , en la edición de la Obra Completa de Selecta, 1956, y me conminara a sacar provecho de la lectura de aquel libro que había visto la luz en 1952, con una portada de color amarillo, dominada por la hoja de roble símbolo de la editorial y, que en aquel momento, se me ofrecía en un tamaño más manejable y con una portada de color azul.

Así, mientras la llegada de profesores jóvenes al Instituto Nacional de Enseñanza Media de Girona (el único de la época) nos introducía en los entresijos de la generación del 98 o la del 27, nos llevaba de Berceo y Jorge Manrique, a Lope, Calderón y Góngora, o nos conectaba con los grandes nombres de la literatura francesa, que aprendíamos a leer con gusto e interés, la lectura de Pla en casa se me reveló como un auténtico descubrimiento.

En efecto; nuestro bagaje en literatura catalana era insignificante, por no decir inexistente, y apenas conocíamos los rudimentos de la ortografía y de la sintaxis de la lengua. Sin embargo, con naturalidad, el lenguaje del libro sobre Girona impregnaba todos mis sentidos y aprendía a conocer el entramado social, la realidad urbana, los perfiles humanos de una ciudad de provincias de principios del siglo XX, que tenía un enorme parecido físico, material y social con la ciudad en la que estábamos descubriendo los secretos de la vida.

De pronto, adquiría un sentido nuevo cada rincón de la ciudad, los escenarios de nuestros juegos infantiles se trocaban en laberintos monumentales de una fuerza inusual. Los entornos que habíamos tuteado con familiaridad absoluta, y con la misma indiferencia, adquirían de repente un valor añadido que no habíamos sabido descubrir directamente por nuestra cuenta.

Los paisajes de la cotidianeidad se tornaban en paisajes de un valor excepcional; los colores, los olores, el paso de las estaciones, los atardeceres o las madrugadas, el sol poniente encendiendo antes de la puesta definitiva los muros dorados de la Catedral, el reluciente resplandor de los monumentos y la sordidez de sus aledaños, la cara y la cruz de una sociedad anodina, triste, mortecina, resignada, eran un calidoscopio de una realidad con la que habíamos convivido sin entenderla hasta aquel momento.

Pla había convertido sus años de internado y de vida en la ciudad, en literatura de la memoria, y había trazado un cuadro impagable que tardaría años en encontrar pálidos émulos.

La ciudad levítica, apenas trastocada por la mayor animación de los días de mercado, se nos presentaba impregnada de religiosidad intensa y de un predominio eclesiástico que centraba el latido ciudadano desde la vida del seminario conciliar hasta la actividad del capítulo de canónigos de la Catedral, con sus prebendas y sus obligaciones, y una presencia activa y una influencia social indiscutibles.

Los itinerarios del libro de Pla se convertían en una auténtica guía literaria y artística de la ciudad y otorgaban un valor singular y especial a los recorridos de nuestra infancia, que transcurría entre la plaza de Santa Lucía y la plaza de la Catedral.

Sin solución de continuidad pasamos de la simplicidad del lenguaje y del descubrimiento repentino de los pliegues sociales y urbanos de mi propia ciudad, a las cartas de lejos y de cerca, a los libros de viajes, al mundo de las ciudades, al cosmopolitismo europeo, al conocimiento de la sociedad barcelonesa, a la vibración italiana en la obra de Pla. El foco se alejaba o se acercaba, siempre con un lenguaje directo y fácil, lleno de metáforas y a un tiempo lleno de imágenes que todos habíamos vivido una y cien veces y nunca habíamos atinado en otorgarles un valor literario.

Pla significa la elevación del guisante a categoría literaria. La gastronomía y la dieta, el valor de unas sardinas en su justa cocción en el tiempo y el momento adecuado, la cocina popular de los pescadores, los guisos de maduración lenta. Y la navegación por la costa, el cabotaje y el contrabando, los personajes populares y la realidad de una sociedad hedonista poco dispuesta a grandes sacrificios y muy predispuesta a grandes gesticulaciones, desde la nimiedad más absoluta.

La lluvia y el viento, los vientos para ser más precisos, son compañeros de viaje de Josep Pla, que los acaricia con sus adjetivos hasta contonearlos y darles forma y vida en su manera  de mostrarse en el contexto de una climatología cambiante y previsible a un tiempo.

De apariencia trasnochadora y bohemia, el regreso al Mas Pla desde Palafrugell a altas horas de la noche, o de la madrugada, se presentan como una auténtica atalaya de observación de la lluvia fina, de los azotes de la tramontana, del lento caminar hacia el regazo del mas, auténtico refugio de un personaje que necesita tocar con los pies en el suelo y rodearse de una realidad tangible, muy en el tono sin saberlo, de los para-rayos de Steiner como anclaje para no perder el sentido de las cosas.

Los paisajes del Empordà se plantaban ante mis ojos con la variedad de los campos, del bosque, de los sembrados, de la laboriosa minuciosidad de los huertos, con las ondulaciones suaves de los pliegues de un país familiar, pequeño, que cabe en la palma de la mano. Y la constatación inteligente que este paisaje milenario, conformado por generaciones diversas, es la expresión de una sabiduría popular, de un sentido común que ha sido recogido en las actas notariales como el instrumento de civilización más seguro para transmitir los límites y los contornos de las cosas, como los límites y los contornos del sentido de la propiedad tan arraigado que rinde tributo a una romanidad ejercida secularmente y demostrada hasta la saciedad.

El descubrimiento juvenil ha tenido toda mi vida un valor balsámico. En las horas de tedio y modorra estival, en los momentos de saturación, en el aburrimiento de obras insoportables, una lectura improvisada de Pla ha acudido con prontitud al rescate, como el fármaco apropiado para curar la enfermedad irremediable.

Este es en la perspectiva de casi siete décadas el valor de un descubrimiento juvenil inducido, conminado, por un abuelo que probablemente murió con un libro de Josep Pla en las manos, una madrugada de invierno.