La Vanguardia

Cataluña se encuentra ante una encrucijada trascendental. Nos hallamos ante un final de etapa, un fin de ciclo y ante el agotamiento de un modelo. Tengo el convencimiento que para comprender el alcance de esta encrucijada debemos remontarnos a los inicios del siglo XX. Efectivamente, hace menos de cien años cuajó en Cataluña un grupo dirigente que, con no pocas dificultades y algunas contradicciones, supo elaborar y desarrollar un auténtico programa nacional. En la efervescencia creativa y crítica del tránsito del modernismo al “noucentisme” se dio cuerpo a un auténtico resurgir cívico, cultural y político. Las aportaciones de todas las sensibilidades y todas las tendencias del catalanismo político permitieron que tomara cuerpo un diseño institucional, doctrinal y pragmático que primero la Mancomunitat, ésta con los Ayuntamientos, y finalmente la Generalitat republicana se encargaron de poner en práctica. Se construyó el entramado básico de una identidad moderna de raíces históricas profundas y se diseñaron las bases para explorar y explotar todas las potencialidades de Cataluña en el terreno económico, cultural y político. La organización territorial, una red básica de equipamientos jerarquizada en el territorio y culminada en sendos equipamientos nacionales, la fuerza civilizadora de la cultura, la necesaria renovación y modernización de la educación, y la adaptación del sistema educativo a las necesidades de la economía catalana y sus sectores punteros fueron algunos de los elementos de este programa. No vamos ahora a detallarlos. Conviene únicamente retener que transcurrido casi un siglo somos todavía tributarios en muchos aspectos de aquella herencia y de aquel programa. Hemos vivido hasta fechas muy recientes de aquellos proyectos y la filosofía política de los albores del siglo XX ha impregnado toda la centuria con sus vaivenes y el brutal frenazo del franquismo. Pero ya en los inicios del siglo XXI no deja de ser sintomático que estén culminando ahora algunos de los símbolos y de los proyectos más emblemáticos y casi míticos de aquel gran movimiento como es el caso del Museo Nacional de Arte de Cataluña, condenado durante décadas a un ostracismo que comportaba en sí mismo el germen de nuestras propias debilidades. Podríamos decir que en parte hemos vivido de algunas inercias nacionales desarrolladas hace un siglo y que nos quedan todavía por cubrir algunos de los déficits señalados en aquel momento.

Jordi Pujol heredó en parte aquel programa. Quizás de una forma inconsciente y casi sin quererlo. Pero decidió adoptar sin matices las propuestas incompletas, inacabadas o interrumpidas de aquel programa nacional. Y prefirió dedicarse a trascender en el terreno doctrinal aquel momento histórico a base de elaborar un pensamiento más intimista, más voluntarista, incluso más patriótico, si se quiere. El personalismo de Jordi Pujol (doctrina, virtud y defecto a un tiempo) bebió de muchas fuentes y de algunas ideas y creencias muy personales y con ellas ha ido desarrollando un cuerpo de doctrina catalanista que ha evolucionado con el tiempo. En su caso personal hacia posiciones cuajadas de regeneracionismo identitario, de voluntarismo, de pragmatismo. No hay más que abordar su copiosísima literatura de circunstancias y sus reflexiones más matizadas en los recodos del camino para percatarse de los mimbres que constituyen una profunda creencia personal e incluso el convencimiento de su rol histórico en la especial circunstancia de la Cataluña contemporánea en que le tocó asumir grandes responsabilidades. Pero al final de la era Pujol el balance de su aportación requerirá más tiempo. Conviene, sin embargo, constatar que en la más reciente evolución de Cataluña el programa político de Jordi Pujol, o su plasmación gubernamental ha ido perdiendo empuje. Se ha ido adelgazando el hilo rojo de la continuidad nacional y doctrinal que propugnaba y los elementos esenciales de su programa nacionalista han perdido entidad. En parte porqué su continua introspección no le ha dado suficiente oportunidad de calibrar las mutaciones sociales y económicas de nuestra sociedad. Una sociedad muy terciarizada, muchísimo más concentrada que hace cuarenta años, con más calidad de vida sin duda y también con más cohesión social. Pero más fragmentada en algunos aspectos y con serios desajustes territoriales que exigen nuevas aproximaciones. Para soldar de nuevo la enorme concentración urbana y humana en que se ha convertido la Cataluña del siglo XXI y el paisaje vacío o casi vacío, testimonio mudo pero muy elocuente de la huella histórica de todas las épocas y para incorporar la nueva inmigración a este proyecto. Al final del trayecto y en los nuevos intérpretes del ideario pujoliano hallamos más autosatisfacción que orgullo legitimo, más autocomplacencia que autoestima, más burocracia que patriotismo, más inercias que empuje y proyectos, más resignación incluso que exigencia crítica. Las personas que el propio Pujol ha elegido para la interpretación de su ideario no son una buena réplica del maestro, son un simple remedo y una mala aplicación pragmática e interesada de estas ideas, sin alma y sin sensibilidad. El nacionalismo catalán se ha situado en un callejón sin salida y nos instala en un yermo de ideas que no auguraría nada bueno caso de encontrar un suficiente eco electoral.

En esta encrucijada ha llegado la hora de la refundación del catalanismo. Ha llegado el momento de otorgar un nuevo sentido a la diferencia. Una diferencia que es cultural, social y económica y que es indiscutible pero que en sí misma ya no es garantía ni de ninguna superioridad ni mucho menos de ningún liderazgo que en parte quizás hemos perdido.

Tengo el convencimiento que la propuesta de Pasqual Maragall y de la candidatura del Partit dels Socialistes de Catalunya – Ciutadans pel Canvi sabrá interpretar y sabrá encarnar la actual circunstancia del cambio histórico que nos ha correspondido administrar. Maragall nos propone aprovechar la oportunidad para producir un cambio sereno y tranquilo, para impulsar un nuevo resurgimiento de Cataluña hacia cotas jamás soñadas, para dar a los ciudadanos y ciudadanas de este país un horizonte claro con un liderazgo seguro. Pasqual Maragall ha demostrado su capacidad de análisis, de reflexión, de gestión. Y aplica toda su pasión, su intuición y su capacidad para generar nuevas ideas y nuevas propuestas a un proyecto político para la Cataluña del siglo XXI con más ambición, más seguridad, más cohesión. Con el convencimiento inequívoco que para abordar a fondo los problemas pendientes debe plantearse con claridad que la mejor manera de defender Cataluña es que Cataluña disponga de un modeolo, de una idea de España, y que sepa convencer y aplicarla. De igual modo el papel de Cataluña en Europa, disipadas todas las dudas y sentados los principios que nutren la España plural, su carácter plurinacional, pluricultural y plurilingüístico, nace de una simple observación estratégica del mapa. La oportunidad de convertir Cataluña en un gozne esencial, en un polo activísimo de articulación de la Europa meridional, rótula de un engranaje que de momento cruje por las dificultades de afirmación de un nuevo modelo constitucional europeo pasa por otorgar a los socialistas catalanes la oportunidad que nos ha sido negada durante décadas y sucesivas convocatorias electorales. Maragall sabe que el encaje de Cataluña en Europa y con España es sólo una parte de sus compromisos con los ciudadanos de Cataluña. De ahí que vaya tomando cuerpo, sólidamente, el programa social del cambio, que es un compromiso a fondo con los ciudadanos y ciudadanas para abordar una mejora de la administración y de los servicios públicos y para aplicar un revulsivo a nuestra economía dotándola de las infraestructuras escamoteadas hasta ahora.
Maragall tiene el convencimiento que la herencia doctrinal de Jordi Pujol tiene unos intérpretes de perfil bajo. Y sabe que no es tanto hora de balances como el momento clave para lanzar nuevas propuestas, nuevas ideas, nuevos programas. Las ideas de un nuevo catalanismo que interprete las aspiraciones colectivas e individuales de todo el pueblo de Cataluña y sepa conducirnos hacia un horizonte mejor. Maragall afirma, parafraseando el título de uno de sus libros recientes “El pacto de la derecha no conseguirá detener el reloj de la historia. Lentamente la historia de Cataluña avanza hacia un desenlace esperado. Y soñado. Debo decir a los ciudadanos que ha llegado el momento de realizar el proyecto catalán”. Un proyecto que Maragall alimenta constantemente con nuevas ideas. Preparado para gobernar sabe rejuvenecer constantemente su ideario y su propuesta y sabe transmitir la pasión innovadora de sus análisis con un pensamiento comprometido a veces dolorosamente con la afirmación de los valores de la democracia y la libertad.

Màrius Serra hace unos años escribió sobre el retiro romano de Maragall que alimentaba una permanente duda hamletiana. Disipada esta duda y asumidos con plenitud todos los compromisos Pasqual Maragall, con la solidez de su obra de gobierno municipal, aborda ahora el reto del futuro con creatividad, empuje y convencimiento y convertido en un auténtico jardinero de ideas haciendo suyos los versos de otro Shakespeare, el del primer soneto, en traducción de Salvador Oliva:

“De criatures belles, en volem increment
perquè no mori mai l’esplendor de la rosa
sinó que, quan marceixi el temps la més desclosa
tingui una tendra hereva per fer-nos-la present”.

No me cabe la menor duda que el veredicto de las urnas sabrá labrar el futuro que Cataluña merece y necesita.