Presentació de las Recomendaciones para las buenas prácticas de paisaje. Líneas guía. Barcelona, DPTOP, 2007 (Publicades també en versió italiana)

Presentamos una guía con algunas orientaciones muy contrastadas para la intervención en el territorio con criterios paisajísticos.

Estamos ante un tema difícil y complejo que no tiene una solución clara y que además es susceptible de criterios particulares y subjetivos, difíciles de recoger en una Guía como ésta.

De entrada, la definición de una óptica deseable y de unas prácticas razonables nos enfrenta a la carga ideológica y cultural del paisaje, que se nos presenta como el resultado de la acumulación histórica de la intervención humana sobre el territorio. A lo largo de los siglos, la humanidad ha ido definiendo unos cánones sobre la belleza y sobre el paisaje, que hemos convertido en el paradigma para arbitrar la belleza o la fealdad de un espacio.

Pero es evidente que la evolución de la sociedad y de la economía plantean diversas intrusiones en el paisaje supuestamente natural y geométricamente organizado a partir de las primeras roturaciones y de los intentos sucesivos de explotación agraria, ganadera o forestal. La naturalización del paisaje como paradigma de belleza choca en nuestra sociedad contemporánea con los grandes desarrollos urbanos, la evolución demográfica, la dimensión de los asentamientos humanos y el conjunto de la actividad económica de transformación caracterizada por la industria. Además, la motorización de la sociedad y el desarrollo de las grandes infraestructuras del transporte plantean nuevas intrusiones en el paisaje, aunque en la mayoría de los casos son imprescindibles para hacer más llevadero que sostenible el modelo de desarrollo económico en el que se ha instalado una sociedad cuya demografía crece exponencialmente.

Tenemos así ya casi todos los ingredientes del problema aunque no todas las líneas de un debate todavía pendiente. Así, las más recientes formulaciones sobre  la idea del tercer paisaje nos enfrentan a la idea de la evolución espontánea de los espacios periurbanos e instersticiales como garantía para el normal desarrollo de la diversidad. Para algunos parece como si a menor intervención y ordenación por parte de la sociedad más garantías podríamos aportar para el mantenimiento y desarrollo de la diversidad.

Este debate extremo escapa a la racionalidad de las intervenciones regladas, ordenadas, planificadas y ordenadoras con propósitos de definir buenas prácticas en torno al paisaje, según las cuales unas pautas de comportamiento y de intervención son indispensables para corregir  los efectos no deseables de una degradación territorial hija de la improvisación, de la abstención de intervencionismo.

Existe una urbanidad del paisaje que puede aparecer como contraindicada para algunos, pero que es la única garantía de la introducción de factores de corrección en la línea de muchas de las buenas prácticas que aquí se plantean. No se trata de dejar el paisaje como una imagen bucólica de una foto fija, sino como el intento de conquistar siempre el equilibrio entre formas, volúmenes, colores, y un entorno natural modificado que en su quintaesencia nos otorga por si mismo las directrices básicas para una intervención razonable, prudente, sin agresividad, basada más en las referencias del conjunto y del entorno que en el bagaje cultural acumulado y a veces adocenado que algunos pretenderían aplicar. Se trata de superar la dualidad del paisaje, la tendencia a definirlo por exclusión y optar por un concepto inclusivo por el que todo es paisaje y este todo requiere intervenciones integrales.

Estamos ante una guía sugerente, de sugerencias, una herramienta de orientación, un camino para la armonización a escala humana de los espacios de convivencia entre el urbanismo, la vida y la naturaleza, con más propuestas que certezas, con más consejos que directrices, con más ánimo de acompañar con criterios prudentes que de fijar una moda que en este terreno no existe.

Sin ningún dogmatismo, con plena disponibilidad para asumir la belleza y la potencia de un paisaje industrial del mismo modo que estamos dispuestos a emocionarnos con un paisaje alpino o un paisaje tropical. Sin exclusiones y sin exclusivismos, con la modestia del único convencimiento posible: es mejor intervenir, actuar, corregir que dejar a la improvisación el dictado de unas pautas que serían permanentemente pervertidas por intereses espúreos y probablemente letales para el paisaje en el que nos reconocemos y con el que nos identificamos. Un paisaje dinámico, siempre cambiante, permanentemente amenazador y siempre brindándonos la oportunidad de otorgarle la preeminencia plástica y humana de una intervención sensible.