El País

Debo confesar que en los días, incluso semanas, que siguieron al famoso debate PSOE-PP en Antena 3, me sentí muy inquieto. Viví un agrio presagio teñido de pesimismo. Quedé convencido de la existencia de un cierto vendaval, de un clima adverso, de una situación general, de un estado de opinión, francamente contrario a las posiciones y a las aspiraciones del Partido Socialista. Parecía como si la euforia congresual de los populares hubiese contagiado el estado de ánimo general del país tanto en la opinión pública como en el conjunto de los medios de comunicación. La percepción subjetiva de una situación arrolladora no me dejaba tranquilo. Intuía que un conjunto muy variado y heterogéneo de factores del que no eran ajenos los casos de corrupción aireados y las frecuentes vacilaciones, indecisiones o presuntas divisiones en la dirección socialista, impedía cualquier argumentación razonable contra la acuciante y efervescente ofensiva de los conservadores.

Sin embargo, estaba convencido que había alguna forma de romper el maleficio. Convencido de las posibilidades y vigencia de la propuesta socialista debidamente depurada de los errores y la prepotencia, y después de asumir una profunda renovación a partir de una seria autocrítica. Una acción decidida, positiva, de afirmación de los valores generales del socialismo debía torcer y producir una inflexión en un clima precipitadamente preelectoral.

Repasé los argumentos a favor, relacioné en una lista los errores a denunciar:

Los errores pasados de la vieja guardia ucedista del PP, los intereses, las irregularidades, la corrupción, la falta de contenido de las propuestas, los fracasos regionales y locales, el escaso calado en determinadas autonomías, los viejos atisbos de autoritarismo, el centralismo exacerbado, los resabios de reaccionarismo religioso, la debilidad patente ante los problemas de la enseñanza, el dogmatismo de las fórmulas económicas, el escaso peso de estas propuestas entre la patronal y especialmente entre el empresariado moderno.

Reflexión ociosa, esfuerzo inútil. Nada vale tanto como la ridícula historia que nos acaba de servir en bandeja el presidente popular del Deportivo de la Coruña, Augusto César Lendoiro.

De golpe se ha disipado toda mi preocupación. La presunta maniobra política de los socialistas contra un club presidido por un dirigente del PP roza el ridículo más estrepitoso. El fantasma de la conspiración y el complot de los socialistas para evitar una victoria del Depor en la Liga no puede hacer mella en las aficiones de los demás clubs de Primera División. Produce el efecto contrario. No es un argumento creible, máxime si aparece después de penalties fallados en momentos decisivos. El fútbol puede muchas cosas pero menos de lo que cree el señor Lendoiro y nos ameniza con frecuencia con alguna polémica esperpéntica, o algun directivo poco edificante y conste que hasta ahora no lo diría por él.

Tengo simpatías por la campaña del Depor sea quien sea su presidente, actúe como actúe y piense como piense. Cuenta más que juega bien al fútbol. Pero cuando alguien antepone sus criterios políticos como excusa, a sus planteamientos estrictamente deportivos y pretende avivar desde sus responsabilidades el fuego del antisocialismo se erige en un aliado inestimable de los socialistas.

Si yo pudiese aconsejar a Felipe González le recomendaría retrasar las elecciones tanto como pueda. Desde las propias filas del PP surgiran los errores que nos servirán en bandeja la campaña. Augusto César Lendoiro acaba de prestar un servicio inestimable a la gobernabilidad del país. Creo que incluso Enrique Lacalle podría estar de acuerdo conmigo. No por afinidades políticas. Por simple barcelonismo.