El País

Me gusta Catalunya Ràdio. No puedo remediarlo. Me gusta la radio nacional. Es entrañable, es nuestra, es local, casi familiar. Soy un fiel seguidor automovilista de Josep Cuní, resisto medio adormilado las tertúlias de Josep M. Solé Sabaté, me encantan las matinales gastronómicas de Torrado, los aires de suplemento de Solá con juegos incluidos. Sigo de cerca las tardes con erres de Jordi Tardá, aunque su nombre no le ayuda; no le firmaría un cheque en blanco por nada del mundo a Fina Brunet porqué ahora no puedo sustraerme a su imagen de entrevistadora de señores, añoro la voz pegajosa de Sílvia Cóppulo aunque sé que a algunos amigos no les gusta nada, y me he partido de risa con Miquel Calzada.

Podría seguir por esta vía pero recuerdo que algunos amigos y amigas me recriminan tanta devoción por este medio. Me anuncian que perderé el mundo de vista, que se me cerrarán horizontes y que, como en el caso de la televisión, ceñirse a los productos de la Corporación indica poca disposición al pluralismo informativo.

Aún así, no puedo sustraerme al principal atractivo de nuestra emisora nacional. Se trata de los insertos reiterados, casi como cuñas publicitarias, de los múltiples viajes de nuestro President y sus consellers. Quiero dejar, eso sí, constancia del matiz porqué no me cabe la menor duda que es tan nuestro el President, como sólo suyos los responsables de los distintos Departamentos. Al cabo del año uno aprende geografía y repasa pueblos y comarcas. Esta campaña perfecta sólo tiene parangón en las apariciones diarias, calculadísimas y generosas, del señor Duran Lleida que les supera a todos.

Lo curioso, sin embargo, es que los colaboradores de nuestra emisora se empeñan en acercar “la alcachofa” a nuestros mandatarios para hablar de lo divino y lo humano incluso si no tiene nada que ver con el motivo inicial de la noticia. En la jerga, “tener voz” de un Conseller es disponer de unos minutos.

Hoy mismo he oído al Conseller Vilalta. No recuerdo dónde estaba ni qué hacía. Pero ha hablado de la Ley de residuos y de la necesidad de la recogida selectiva de la basura doméstica. Un país como Cataluña que produce tantos desperdicios y cada día más, no se puede permitir el lujo de despilfarrar. Lleva razón Albert Vilalta. No cabe duda que hay que ir a la recogida selectiva aunque, como él mismo ha dicho, conlleve mayores costes que se pueden asumir. Pero no ha dicho quién. Él ha dictado la Ley y ha rubricado una Cataluña ideal cada día más limpia. Los costes o los pagarán los ciudadanos o engrosarán la deuda de los Ayuntamientos si no se atreven a repercutirlos. Ustedes ya me entienden. En este país tan nuestro, limpia el legislador y cargan con el muerto todos los demás.