El País 

La vida doméstica se mide a menudo por el televisor. Ante este ingenio fantástico hay noches para olvidar, insoportables, soporíferas, hasta el extremo que determinadas dosis se truecan en beatíficas dormideras.

Por el contrario hay noches inolvidables, frenéticas, que atraen hasta forzar un zapping imparable.

Es lo que me ocurrió hace unos días con una alternancia aleatoria entre una larguísima entrevista a Miquel Roca y un paseo no menos prolijo por la vida de Ángel Pavlovsky. El paseo de Puyal estaba bien y Ángel mantenía un tono elegante y atractivo, pero el “Tomb” dura tanto que puedes alternarlo con otros programas sin demasiado riesgo de perder el hilo.

Por eso pude seguir con bastante detenimiento y un cierto distanciamiento el largo recorrido de Miquel Roca y sus tres entrevistadores por la escena de la política española.

Roca es resultón y convincente en televisión. La gesticulación de sus manos no explica nada pero avala la pretensión de seriedad y convicción que Miquel intenta dar a sus palabras.

La verdad es que estuvo bien. Serio, convincente, comedido, didáctico. Escurridizo cuando convino, distante ante los intentos de Antonio Franco de pillarle en contradicción. Eficaz a la hora de barrer para casa. Casi todo lo bueno que ocurre ahora en España se debe, diríase escuchándole, a la inestable coalición catalana. La aportación a la gobernabilidad no sería únicamente numérica; sería también cualitativa y doctrinal. Donde no llegan los socialistas alcanzaría siempre la férrea voluntad de CiU de asegurar calma y optimismo en tiempos de zozobra. La circunspección de Jordi Pujol ante el discurso de fin de año del Rey debería inscribirse en el activo de esta tesitura, igual como la más reciente afirmación de autoridad ante el atisbo de grieta de la coalición.

Sin embargo, las dos argumentaciones de Miquel Roca no me parecieron del todo trigo limpio.