Entrevista a Crónica Digital

Joaquim Nadal i Farreras (Girona, 1948) lo ha sido todo en la política catalana. Alcalde de Girona y consejero de la Generalitat. Y candidato a la presidencia de la Generalitat, en 1995, cuando en el PSC se produjo un vacío de poder. Nadie quería ser candidato, pero Nadal levantó el dedo. El PSC era entonces el “partido de los no candidatos”, como expresó Josep Borrell, hoy ministro de Exteriores. Y ocurrió que Jordi Pujol perdió la mayoría absoluta, aunque los socialistas no gobernarían hasta 2003, con el primer tripartito de Pasqual Maragall. Nadal, apartado del PSC, “jubilado”, como indica ahora, considera que los socialistas catalanes no supieron mantener una apuesta por el derecho a decidir con la “independencia de criterio”, y que han acabado “perdiendo músculo”. Pero Nadal entiende que el independentismo se ha equivocado, que ha vivido en un terreno “ficticio” y que es necesario un gran consenso para que cada parte vaya cediendo y proponiendo soluciones. Por ello, considera que “si se juega a la política de bloques, en Cataluña no habrá ninguna salida”. Lo expone en esta entrevista con Crónica Global, para explicar también el propósito del libro que acaba de publicar: Catalunya, mirall trencat (Pòrtic), en el que da cuenta de los “equívocos”, del “ensimismamiento” del independentismo, y en el que propone un proceso en paralelo, por parte de los partidos de ámbito estatal y de los partidos soberanistas, para encontrar “una salida política”, que, a su juicio, debería pasar por una propuesta “votada por los catalanes”.

–Pregunta: Visto cómo ha acabado todo este proceso, ¿considera que era necesario?

–Respuesta: Se convierte no en necesario, pero si en inevitable cuando el otro proceso, la reforma del Estatut, acabó abortando. Podríamos retroceder en el tiempo, y ver y analizar otros factores. Pero si pensamos en el Estatut, en Cataluña entre 2006 y 2010 no hay grandes problemas. Llega en 2010, cuando se entiende que algo se ha roto, con la sentencia del Estatut.

–¿Se refiere a la manifestación tras esa sentencia?

–Esa manifestación tiene dos partes: la institucional, en la cabecera, y la independentista. Hay un sector que considera que es el momento, y que no nace de la espontaneidad. Hay cédulas pensantes en el mundo convergente y en Esquerra, que le dicen a Artur Mas que puede ser el hombre que protagonice el salto definitivo hacia la independencia. Luego todo eso saldrá con la propuesta posterior de Mas de convocar elecciones, cuando señala que ante un momento excepcional era necesario una decisión excepcional (tras la Diada de 2012). Yo creo que no era necesario, pero sí es inevitable, y todo se desborda, porque hay una parte importante de la sociedad catalana que se ha encuadrado emocionalmente, y no racionalmente, y eso es muy difícil de gestionar.

–¿Cómo se explica esa cuestión?

–Uno de los problemas es que mucha gente, centenares de miles, ha comprado la idea de que somos una república, y no lo somos. Que creen que hubo un referéndum, y no se celebró. Se ha construido una realidad desde una ficción virtual, y falta la valentía para decir las cosas como son. Y se debe decir: queremos una república, pero no lo somos. Es necesario que todo eso se plasme en programas electorales. Lo que se ha producido, en cambio, como señalo en el libro, es una confusión total, al considerar la democracia como la continuidad del franquismo, algo que es inadmisible. O cuando se celebran actos de parte, a favor de la Crida, en el Palau Sant Jordi de la Generalitat.

–Ahora que usted lo ha aludido, ¿debió participar el Gobierno tripartito en aquella manifestación tras la sentencia del Estatut, cuando el relato que se pudo haber hecho podía haber sido muy distinto, porque, finalmente, el Estatut tampoco salió tan tocado tras la sentencia del Tribunal Constitucional?

–Sí, debía estar sí o sí. En caso contrario, la sensación de entreguismo habría sido total. Hubo renuncias y cuestiones aprobadas por Rodríguez Zapatero y Artur Mas; retocadas por Alfonso Guerra… fue todo tan manoseado que era poco reconocible para los que lo impulsaron. Lo que no podía haber pasado, pasó, y es que el PSOE se debía haber movido para evitar la sentencia. Yo lo he escuchado en boca de sus propios dirigentes, cuando han señalado que se equivocaron al no haber evitado esa sentencia.

–¿La sentencia, por tanto, explica lo sucedido?

–La sentencia no es el único factor, pero fue el desencadenante principal. Es como cuando se abren las compuertas: el agua baja y atraviesa los caminos.

–Con su experiencia en el ámbito municipal y en la Generalitat, ¿cree que todo se debe a que el autogobierno, como estaba planteado, no daba más de sí?

–Desde mi punto de vista, no. Siempre ha habido margen. En algunas cuestiones el problema era tomar ese poder. En Cercanías, por ejemplo. ¿Se quería o no ejercer de autoridad ferroviaria? Lo que pasaba es que unos hacían política, siguiendo esa idea del pragmatismo de Prat de la Riba, y otros hacían proclamas desde el balcón. La idea debería ser la de elegir un camino pragmático y cuando haya condiciones para ir más lejos, ya iremos.

–¿Fue todo, y es todavía, una batalla por la hegemonía en el campo nacionalista, entre el mundo convergente y el de Esquerra?

–Eso ha ocurrido y lo vimos en los días anteriores a la declaración de independencia. Contrariamente a lo que dicen algunos, que entienden que fue un error no hacer efectiva la república, creo que el error enorme fue no disolver el Parlament y convocar elecciones desde la Generalitat. La situación hubiera sido muy distinta.

–Pero, ¿el error no es confundir continuamente entre el deseo de un referéndum, y la planificación de la independencia?

–Hay diferentes momentos de confusión. Se convirtió el derecho a decidir en una palanca sí o sí a favor de la independencia. Se decía que se quería ensanchar la base y, por tanto, se decía que había un 80% a favor, como el único camino hacia la independencia. Pero si tu explicitas eso de forma clara, es evidente que el derecho a decidir incluye ese 49% soberanista y un 30% no soberanista, que apuesta por votar, provoca que dejes tirado en la cuenta a ese 30%. Ahora, con el manifiesto de Òmnium Cultural se debería tener claro que es una oportunidad para volver a comenzar. Que, por una vía u otra, se debe votar una propuesta catalana, ya sea una propuesta independentista, o federal, pero el punto en común debe ser que se salga de la situación votando.

El exconsejero de la Generalitat Joaquim Nadal, en la entrevista con 'Crónica Global' /CG

Joaquim Nadal, en la redacción de ‘Crónica Global’ /CG

–Usted habla de la Ley de Claridad de Canadá.

–Puede ser una idea. Lo importante es que haya una propuesta catalana, o la que se pacte con Madrid, pero debería haber un camino para romper el actual bloqueo. Cataluña está bloqueada en su bucle melancólico, y Madrid está bloqueado alrededor de una Constitución que muchos de los que ahora la defienden no creyeron en ella. Cuando veo a Aznar junto a Pablo Casado, pienso que una parte del PP fue contra el Estatut como si fuera una enmienda a la totalidad contra el modelo autonómico del Estado: volvamos al centralismo. Eso es un punto de confusión entre el PP y el PSOE, que han confluido en posiciones similares y ante eso muchos electores han optado y pueden optar por Ciudadanos.

–Si nos ponemos al lado del independentismo, el argumento que resalta es que el Estado debe poder ofrecer una vía en el caso de que algún día tenga una verdadera mayoría independentista en votos y en escaños en el Parlament. Pero los partidos estatales no quieren saber nada de eso. Aseguran que, si llega el caso, “ya se hablará”. ¿Podemos seguir así?

–Me parece una estrategia errónea. La no anticipación a hechos futuros, que aún no se han producido, no quiere decir, al margen de no dar respuesta, que se deban tomar decisiones anticipatorias para modificar los hechos. Si hay una reforma constitucional, si mueven ficha, si se tiene una sensibilidad diferente, si todo no se ve siempre como un dolor de muelas, si se opta por vías federales, puede que una parte quede desactivada. Si no lo haces, están alimentando a que se llegue a esa mayoría.

–¿Se puede entrar realmente en esa fase, en una reforma constitucional, con el actual equilibrio de fuerzas?

–Lo que parece claro es que si, desde 2010, con una empatía diferente, se hubiera actuado, ahora no estaríamos así. Si lo que dices es que no hay nada que hablar, se crean dos realidades al margen, en paralelo, y el diálogo es imposible. Con el peso judicial existente, es muy difícil, pero en algún momento debe producirse una salida política, que no sea judicial. Lo que yo reivindico es una segunda transición, y, por tanto, defiendo la transición. Es falso que lo que llegó de 1978 sea el franquismo puro, porque eso es un insulto a mucha gente que murió por la defensa de las libertades. Si en esa segunda transición surgiera un Suárez y un Tarradellas, habría una salida posible.

–Usted se apartó del PSC. A juicio, ¿en qué cree que se ha equivocado?

–Ha sido un partido hegemónico, y aún lo es en algunas zonas. Ha ganado durante años todas las legislativas y elecciones municipales, aunque perdía las autonómicas. Pero a partir de un determinado momento, no sé si por presión o por convicción, su espacio se estrechó y perdió musculatura. Unió a todos los sectores progresistas. Era la transversalidad del catalanismo progresista. Pero adelgaza en militantes, cuadros y votantes. Creo que se debería analizar esa situación. Ahora sería impensable unir a un Jordi Llimona, capuchino, y a una Maria Aurèlia Capmany. ¿Por qué? ¿Por qué no está un Antoni Castells o Montserrat Tura, o los que se han ido a casa o han cambiado de partido, como Ernest Maragall? Ha sido una centrifugadora de personas, que, paradójicamente, pueden concurrir, desde espacios diferentes como ocurrirá en las elecciones al Ayuntamiento de Barcelona.

–¿Debió haber apostado por el derecho a decidir?

–En la medida en la que se hicieron esfuerzos para estar en ese espacio era importante mantener la independencia de criterio. Se debía haber tenido en cuenta esa idea de la unidad civil de Cataluña, que se une de forma coyuntural para motivos excepcionales, ligando agenda nacional y social. Lo que se debería pensar es por qué el independentismo ha agrupado cosas tan diversas como el mundo convergente, el de Esquerra y la CUP, con señoras mayores en las manifestaciones al lado de jóvenes anticapitalistas. Y están encantados de coincidir.

Joaquim Nadal, en la entrevista en la redacción de Crónica Global /CG

Joaquim Nadal, en un momento de la entrevista con ‘Crónica Global’ /CG

–¿El catalanismo es culpable del camino hacia la independencia?

–Esa afirmación se produce cuando alguien dice que el catalanismo o es independentista o no lo es. Pero hay un catalanismo federal, gradual, posibilista. El problema es cuando se apropia el catalanismo, y aparece una uniformización hacia el independentismo. Se olvidan opciones transversales.

–¿Hasta el punto de que ese catalanismo ya no levantará cabeza?

–No lo sé. Yo creo que sí la podrá levantar, pero la cuestión es que los partidos de ámbito estatal están bloqueados y no se mueven. Los partidos catalanes también, y el país se resiente, porque la percepción es que vamos hacia una parálisis. Alguien debe mover ficha. Y algunos deben asumir que debemos plantear un reset, que todos deben moverse y en paralelo: reconocer la represión innecesaria del 1-O; que éste no fue un referéndum, sino una movilización; que se debe desjudicializar la cuestión; que la vía unilateral se debe abandonar; que debe existir un pacto de mínimos, que se debe hablar del futuro. Hay que volver a comenzar, a rehacer el camino.

–¿Solución para los políticos presos?

–Sí, claro, y yo añado que cuando salgan de la prisión, entonces se pondrá en un compromiso a los que están fuera. Quedarán en evidencia.

–¿Todo pasa en gran medida por un acuerdo entre el PSOE y ERC, que puede ser hegemónica en Cataluña?

–No lo sé, pasa, en cualquier caso, por algún acuerdo, con el concurso de muchos otros partidos.

–¿Qué papel ejerce Ciudadanos? ¿Hay una responsabilidad del independentismo en el crecimiento de Ciudadanos y en sus actuaciones?

–Creo que a partir del momento que Ciudadanos ve que puede tener la presidencia de España, deja de ser un partido catalán, y pasa a ser un partido español. Sus dirigentes, si pudieran, borrarían su catalanidad, para romper el paradigma de que no se puede ser presidente español si se es catalán. Rivera es a Miquel Roca un intento de hacer posible lo que no fue Roca, con la idea de que Ciudadanos es un partido español.

–¿Cree que no le importa el tema catalán?

–Le importa, ganó las elecciones autonómicas. Pero creo que en la cultura parlamentaria, las mayorías y las minorías pueden jugar de forma diferente. Si se juega a la política de bloques, en Cataluña no habrá ninguna salida.

–¿Y el PSC?

–El PSC puede y debe jugar un papel, y creo que lo jugará en función de cómo quede todo.

–Pero, ¿a cambio de qué? ¿Qué debe pedir?

–Las opiniones son libres. Lo que debe pedir es un acuerdo sobre el tiempo, sobre ese necesario reset. Todos pueden pedir lo que quieran, pero se debe pensar que mientras no se llega a lo que uno quiere, se puede llegar a una gobernanza efectiva del país.

–Y usted, ¿qué le pide al independentismo?

–Le pido esa idea de interlocución, con renuncias, como los demás.

–¿Le pide que abandone la vía unilateral?

–Sí, eso seguro.

–Pero, ¿entiende que se pueda decir que se ha acabado ya la vía del contentamiento, que ya no sirve, que se ha agotado?

–No, no lo entiendo. Si de verdad a España le importa Cataluña, no le debería importar enriquecerla y no empobrecerla. En Cercanías, por ejemplo, se llegó a decir: ¿cómo vamos a invertir si se quieren ir? Y yo digo: ¿Piensas en los ciudadanos o en la macro política? ¿Quieres hacer el favor de invertir en Cercanías?